Se marchó sin hacer mucho ruido pero tirando todo a su paso. Dejando un caos a mi alrededor y el silencio en mis labios. Donde aún susurran en la noche un «te quiero», apenas imperceptible pero lleno de sentimiento.

Las puestas de sol perdieron las risas y los abrazos. La ausencia de su cabeza apoyada en mi hombro. Las guerras de mordiscos y cosquillas en la playa, con arena por todo el cuerpo, pero eso no importaba. La felicidad estaba desbordada. Momentos que forjaron los sueños de «algún día lo haremos». Creamos los cimientos de una vida. Todo era perfecto. Todo era magia. Lo cierto es que no hubo un adiós, pero me dejó un regalo de despedida. Una pulsera con sus lunas y sus noches, esas que tantos momentos nos dieron, con una cabeza de lobo para protegerme entre tanta oscuridad. Sé que quizás no volverá nunca y poco a poco envejecerá el recuerdo, pero desde ese momento sólo miro a la luna y le pido un deseo. Vuelve.