Todo empezó con un «hola», pero no era un saludo cualquiera, los dos sabíamos que acababa de pasar algo más. La culpa fue de sus ojos y su forma de mirarme, sin prejuicios, sin expectativas, sin barreras. Una puerta se acababa de abrir y tras ella la sonrisa más bella. Me cogió de la mano y me dijo «Ven, pasa, quédate conmigo y acompáñame en este viaje». No lo dudé y me dejé llevar.

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