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Alberto Leiva Pallarés



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Relatos cortos


"Tormenta de Héroes"

   A las tres de la madrugada el teléfono rompió el silencio en casa del alcalde de Vigo. Era Javier, su mano derecha, quien le decía que tenía que ir lo antes posible al ayuntamiento. El alcalde notó la gravedad del asunto en su voz y aceptó de inmediato. Se levantó y se vistió a toda prisa. En la calle no había ni una ráfaga de viento; sólo un grupo de gaviotas que pasó por encima de su cabeza llamó su atención y lo abstrajo de sus pensamientos. Esperando en la entrada del ayuntamiento estaba Javier, con una cara que le hizo tragar saliva. El alcalde le preguntó qué pasaba, pero Javier sólo dijo “sígame”. Sin mediar palabra aceptó la orden.

     A su paso, dejaron atrás pasillos y puertas hasta llegar al ascensor. Javier introdujo una llave en el botón de la última planta y la giró. La tensión cortó la comunicación y los dejó pensativos. Al llegar arriba había un gran pasillo con puertas. Se dirigieron a la del fondo, la que sólo se podía abrir con la llave de la ciudad. Una llave antigua, de hierro, de unos quince centímetros que Javier llevaba colgada de su cuello. Al entrar podían verse unas escaleras de madera en línea recta y, al fondo, otra puerta cerrada con el mismo sistema. Las paredes de papel pintado y las lámparas de luz amarilla, hacían el recorrido todavía más tenebroso. Tras atravesar la segunda puerta llegaron a una sala con una mesa de cerezo y sillas a juego. Javier le hizo indicaciones al alcalde para que tomara asiento. De la pared del fondo bajó un televisor. En él, una mujer de pelo corto rojizo, vestida de traje, y sin expresión en su rostro, se disponía a hablar.

     Era la responsable de la Agencia Estatal de Variaciones Espacio-temporales, comunicando la activación de la bandera negra en el protocolo 314. Lo que se acercaba no era una tormenta cualquiera, sino que traería el mismísimo infierno con ella. Sus centinelas habían detectado centenares de galeones en dirección a la costa de Vigo, portando la bandera de Francis Drake. A Coruña se encontraba en la misma situación. La responsable de la A.E.V.E advirtió que los barcos llegarían a las ocho de la tarde. Tanto los presentes en la sala como la mujer en pantalla sintieron un fuerte temblor que cortó la comunicación. Lo último que se entendió fue que tenían que organizar la ofensiva en Vigo.

     El alcalde no dudó ni un segundo, clavó su mirada en Javier y le dijo que había que reunir al Consejo. Javier asintió con firmeza y caminaron nuevamente hacia el ascensor, pero esta vez hasta la última planta, donde recorrieron pasillos y atravesaron puertas hasta llegar a otro elevador que también se accionaba con la antigua llave de la ciudad. Después de un descenso de cincuenta metros durante el cual sólo se podía oír el mecanismo de poleas y engranajes, llegaron al sótano. Una vez allí, cruzaron un pasillo con muros de piedra pulida y suelo de madera, sobre el que una alfombra de color rojo y blanco hacía menos ruidosos los estallidos de la madera. Tras pasar una puerta de hormigón llegaron a una gran sala circular donde había una antigua mesa de piedra y sillones de granito esculpido y, alrededor, cincuenta puertas de madera numeradas. Encima de la mesa podía verse una baqueta y un tambor que el alcalde hizo sonar con dos golpes. El sonido rebotó en la sala creando un ruido estremecedor. De pronto, las dos primeras puertas se abrieron. De la número uno salió un rostro célebre pero desconocido para muchos en la actualidad. Se trataba de Martín Códax, con gesto serio y un aspecto fuerte. De la segunda puerta salió con una mirada desafiante otro personaje más conocido hoy en día, un héroe en la ciudad: Bernardo González del Valle "Cachamuíña". Al igual que Martín Códax, se le veía en forma.
Los cuatro ocuparon sus asientos; el alcalde y Javier se situaron frente a los dos héroes. Martín Códax fue el primero en hablar, preguntando por qué irrumpían en su descanso. El alcalde les explicó lo que se avecinaba. Cachamuíña masculló que ese pirata nunca se daba por vencido y Martín despertó la alarma diciendo que no tenían efectivos suficientes. Javier sugirió despertar a los anónimos, las estatuas de la ciudad, convirtiéndolas en seres de carne y hueso, pero Cachamuíña masculló nuevamente diciendo que no son fáciles de controlar. El alcalde volvió a recalcar que necesitaban todos los recursos posibles incluido al Ejército Celta. Los dos héroes clavaron su mirada en él. Sólo se había despertado una vez a ese ejército, y de todos era sabido que pedirían algo a cambio, seguramente que les devolvieran el Castro para poder vivir en libertad. El alcalde frenó las discrepancias diciendo que lo importante era luchar por Vigo, ya se encontraría solución a sus exigencias más adelante. También indicó que prepararía a las fuerzas de seguridad para defender la ciudad y advertiría a los vigueses de lo que se venía encima. Además, preguntó si podrían contar con Julio Verne y su submarino Nautilus, guardado en un puerto subterraneo debajo de A Guía. Martín Códax sentenció que de eso se encargarían ellos y el alcalde concretó la siguiente reunión para las cinco de la tarde.

     Sin más dilación, Javier y el alcalde se levantaron y se marcharon en dirección al primer despacho para organizar todo el operativo. La madrugada pasó volando, las horas se volvieron minutos y los teléfonos internos hervían. Las noticias llegaban de todos los lugares: no sólo Galicia se convertía en un campo de batalla, sino que la contienda tendría lugar a nivel mundial. Se trataba de una cruzada épica que pasaría a convertirse en la más importante de la historia. El alcalde movilizó a todas las fuerzas de seguridad, que recorrieron en coche las calles de la ciudad, avisando mediante megáfonos de que todo el mundo debía acudir a su casa, armarse y prepararse para afrontar la mayor tormenta de la historia de la ciudad. Los vigueses corrieron atemorizados a sus casas: no sabían qué iba a pasar, ni los más ancianos habían vivido algo así. El miedo se hizo eco y llegaron los saqueos. Con las primeras lluvias, a las dos de la tarde, la ciudad estaba desierta. Todos los vecinos estaban encerrados en sus casas, conscientes de que algo grave estaba en camino.

     A las cinco, hora acordada para la reunión, cada miembro del Consejo estaba sentado en su sillón de piedra junto a la mesa: el alcalde, Javier, Martín Códax, Cachamuíña, Julio Verne, y un representante celta. Martín Códax comenzó diciendo que estaba demasiado viejo como para liderar una batalla de ese calibre, por lo que cedía el mando de la operación a Cachamuíña; y este detalló el plan: Julio, sacaría el Nautilus por el exterior de las Cíes bordeando la isla de San Martiño para realizar una maniobra envolvente. “Esta vez no escapará... “, susurró Martín. Los celtas saldrían por las galerías de O Castro en dirección a la costa con más de quinientos guerreros. Los anónimos se despertarían en el momento que los galeones entrasen en la ría y al verlos correrían hacia ellos. Los presentes asentían ante todos los pasos de la estrategia planteada, y Cachamuíña continuó con su explicación. “Los pescadores de Gran Vía serán perfectos destructores, fuertes y resistentes. El Sireno correrá a su terreno, el mar, donde atacará a los invasores que caigan al agua. El hada y el dragón del paseo de Alfonso atacarán desde el aire, incendiando los galeones con su implacable aliento de fuego. Los héroes iremos montados en los caballos de Plaza de España; salvo Julio, que irá en el Nautilus. El nadador, como gigante que es, destruirá barcos con sus puños desde el medio de la ría, y los anónimos lucharán a su lado, pero esperarán a que los galeones tomen tierra, ya que conocemos a Drake de sobra y de seguro disparará los cañones cuando se aproximen a tierra firme”.

     El alcalde preguntó cómo despertarían a los héroes y a los anónimos. Martín Códax le contestó que lo harán los druidas celtas y añadió que Javier se quedaría en el Ayuntamiento informándoles de la situación. Al término de la reunión, todos fueron a prepararse para la batalla. Cachamuíña le entregó al alcalde el uniforme de guerra de la ciudad, además de un sable, y junto con Martín Códax y el representante celta, se fueron a Plaza de España a por los caballos. Una vez allí, el alcalde no daba crédito: los cuerpos de bronce de los animales comenzaron a romperse, descubriendo caballos llenos de vida y pelo brillante. Se montaron en ellos y se fueron a lo alto de O Castro, donde ya se podían ver las velas de los galeones entrando por las Cíes. El momento de luchar por Vigo y los vigueses había llegado. Una vez más, todos juntos y hasta la victoria.

     Martín Códax pidió enfrentarse a Drake, tenían una cuenta pendiente. Cachamuíña alentó con un breve discurso: “No temáis si caéis esta noche, luchad hasta que vuestra alma os abandone o hasta que no quede ningún invasor vivo”. De pronto, se oyó la voz de Javier por el pinganillo del alcalde. Malas noticias, la Torre de Hércules había caído y A Coruña estaba perdiendo la costa. Breogán acudía con sus hombres al rescate.

     La actuación siguió como habían planeado; los galeones más atrasados comenzaron a disparar con sus cañones a la costa, y los primeros tomaron tierra. Era el momento. Antes de galopar con fuerza hacia A Laxe, el alcalde, Cachamuíña, el jefe celta y Martín Códax se miraron e hicieron sonar los cuatro cuernos celtas marcando el inicio de la batalla. Los anónimos y el resto de héroes también corrían a la batalla. Al mismo tiempo, el Ejército Celta salió por las galerías de O Castro. El nadador se zambulló en la ría destruyendo galeones a su paso. El Nautilus de Julio Verne estaba justo donde tenía que estar, destrozando barcos desde su retaguardia. Por su parte, el hada montada en el dragón fue volando por encima de las líneas enemigas, incendiando sus embarcaciones con bocanadas de fuego. Los celtas luchaban en la costa al grito de “¡Por Breogán y por Vigo!”, y los pescadores, grandes hombres sobrados de fuerza, hacían volar a los invasores con sus puños. El resto de héroes y anónimos se unieron a la batalla y sucedió lo que nadie esperaba: los vigueses salieron a la calle a luchar junto a sus hermanos. Una vez más se volvió a conseguir una gran victoria. Todos estaban muertos salvo uno, Francis Drake, quien desde el suelo y de rodillas, frente a los héroes a caballo, escupió con desprecio en el suelo. Martín Códax bajó de su caballo y decretó la sentencia. El pirata sería encerrado en la cárcel de la isla de San Martiño. A los celtas se les concedería O Castro. Los anónimos aceptaron volver a sus puestos de vigilancia, como estatuas, hasta que la ciudad los volviese a necesitar. La ciudad estaba a salvo y el alcalde se disponía a felicitar a todos los luchadores cuando una llamada de Javier le obligó a cambiar su discurso. A Coruña había caído; había sido conquistada por los piratas, y de allí llegaba la peor de las noticias: Breogán había muerto en la batalla. Las sonrisas de celebración y el éxtasis de la victoria dejaron paso a los rostros cabizbajos y a la preocupación. No podían relajarse; era momento de luchar, una vez más, hasta la victoria.


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*Comentario del escritor:

     Bueno, pués este relato lo presenté a la tercera edición del concurso Vigo Histórico, de la editorial Elvira de 2016. No resultó ganador, ni tampoco formó parte del libro. Reconozco que fue una apuesta arriesgada como todo lo que escribo. O te gusta o no te gusta, no hay término medio. Espero que os guste y que me hagáis llegar todas las críticas, buenas o malas, ya sea a facebook o twitter. Un saludo y hasta el próximo relato que será dentro de poco.


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