Todo final tiene un comienzo
Alberto Leiva Pallarés



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Relatos cortos


"No llores por lo que no tienes si no por lo que puedes perder"

   Aquí estoy componiendo la que será otra de mis canciones. Ya tengo la letra y el ritmo, el paso siguiente será darle el punto perfecto con una buena interpretación. La titularé "No llores por lo que no tienes si no por lo que puedes perder".

     Esta noche actúo en el club "Lavie", una fiesta privada de un multimillonario que decidió comprar mi actuación.

     Después de una ducha me visto y afino mi guitarra para la actuación. Antes de marchar siempre voy a la habitación de mis premios. En treinta y cinco años como músico, me han concedido más de doscientos premios. Me gusta mirarlos antes de una actuación. Me hacen retroceder al pasado, cuando canté mi primera canción al oido de una chica. Se llamaba Marie y compartimos un verano juntos. Los dos éramos demasiado jovenes pero decidimos jugar a lo que se le llama amor. Pronto nos dimos cuenta que aquello no estaba hecho para nosotros.

     Tras este momento de reflexión, me voy al garaje y me subo a mi coche. De camino al club me quedo atrapado en un atasco. Parece ser que no se va a despejar en bastante tiempo. Empiezo a escuchar los rumores de los que pasan a mi lado, al parecer ha habido un accidente múltiple. No puedo esperar, tengo una actuación. Dar la vuelta con el coche me resultaría imposible. Mi única opción es bajarme e ir andando. No está demasiado lejos desde aquí. A media hora más o menos.

     Al abrir la puerta me bajé y miré hacia atrás. En ese momento el tiempo se hizo más lento, no pude hacer nada. Cerré los ojos y me dejé llevar. En mi cabeza resonó una melodía de violines que me hizo dibujar una sonrisa en mi cara. Una moto de gran cilindrada acababa de impactar contra mi cuerpo. El típico que adelanta coches por el carril central. Podía sentir como me desplazaba por el aire a cámara lenta, con mi sonrisa en la cara y mis violines tocando una melodía diseñada para este momento. La oscuridad se apoderó de mí, mientras la melodía se atenuaba como adentrándose cada vez más en la oscuridad que nos tenía envueltos.

     No sé cuanto tiempo habrá pasado pero la luz volvió a mis ojos. Doloridos y con niebla, despertando por el reciente acontecimiento. Poco a poco se empieza a colocar todo en su sitio, sin niebla y sin distorsión, estoy en la cama de un hospital. Lo que parece un médico me está cegando con su linterna. Sus labios se mueven pero no puedo escucharle.

     -Tendrá que hablar más alto si quiere que le escuche- Sorprendido, continuó moviendo los labios pero yo no podía escuchar su voz. De hecho no escucho nada. Ni siquiera los violines que me hicieron feliz en un instante amargo.

     La enfermera salió de la habitación para regresar con una pizarra y un rotulador. Se la entregó al médico quien empezó a escribir algo. "Tendremos que hacerle pruebas, tiene usted lo que parece una sordera temporal" – ¿Cómo?, ¿sordera temporal?- repliqué, más por un impulso que con el uso de mi razón. No puede ser. Esto no me puede pasar a mí. La música es mi vida, los sonidos de la vida son mi melodía. No puede ser. Mi vida se transformo en un castillo de arena que se derrumba por el viento y por el mar al llegar a él.

     Los días fueron pasando, prueba tras prueba todo seguía igual, hasta que un día el médico vino y me dijo que me darían el alta. Mis oídos se habían apagado para siempre. Mis violines se habían escapado. Navegantes por el infinito de lo oscuro, sin destino... sin puerto donde atracar. Vagando a la deriba, en un mundo sin mar. En el accidente, salí despedido diez metros. Cayendo con mi cabeza contra el suelo. En el impacto una parte de mi cerebro se desconecto. De tantas donde elegir, tuvieron que ser mis oidos... lo único que hacía que mi vida tuviera un sentido y una ilusión.

     Una semana después de salir del Hospital. A punto de tomar el avión que me llevaría a New York. Una vez en el avión una azafata se acercó a mí. Me dijo algo que no pude entender. Cogí un papel que llevaba en mi bolsillo junto a un bolígrafo y escribí algo que resultó muy duro para mí. "Sordo". Arranqué el papel y me lo puse en el pecho. La azafata mostró su mejor cara de sorpresa y comenzó a hacer una serie de gestos que yo no podía entender. Le dije que no con la cabeza y se marchó. En todo el viaje no se volvió a acercar a mí, hasta que llegamos a nuestro destino. Me hizo indicaciones para que abrochara mí cinturón y se volvió a marchar. Así es el mundo, cuando alguien no entiende algo se marcha: un libro, una carrera universitaria, un coche, un trabajo...

     Mi viaje llegaba a su final. No podía aguantar más esta agonía. Un silencio absoluto que me acompañaba ya demasiado tiempo. Supongo que lo que sentiría un pintor si perdiera la visión. Dejaría de ver los colores de la vida, para navegar a la deriba junto a mis violines.

     El Empire State Building... Entro y subo en el ascensor hasta lo más alto. Camino hasta el balcón. Miro al sol por última vez, cierro mis ojos y doy un salto de liberación. Otra vez se vuelve a ralentizar el tiempo. La canción "One october song de Nico Stai", comienza a sonar en mi interior mientras danzo con el viento en mi descenso. Mis cadenas se han roto y el sonido que me dará mi libertad, cada vez se hace más fuerte. Al igual que mi sonrisa.


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"No llores por lo que tienes si no por lo que puedes perder" by Alberto Leiva Pallarés is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
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*Comentario del escritor:

     Este relato me dio siempre mucha pena. Enfrente tenemos a una persona mayor que lo único que le hace feliz en la vida es la música. Por un giro del destino eso se rompe y se lo quitan. "La muerte en vida", por un momento pensar que os falta lo único que os hace feliz. La canción que elijo para el final creo que es la perfecta para el momento, la guinda del pastel.


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