Todo final tiene un comienzo
Alberto Leiva Pallarés



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Relatos cortos


"Marmotas en el tiempo"

   Mi nombre es Matt y lo que os voy a contar comenzó hace ya mucho tiempo. Me decido a escribir esta historia porque estoy cansado, no puedo más. Lo he comentado con Amanda y creo que me ha dado su aprobación. Yo tenía cuarenta y dos años y Amanda, mi esposa, ya había fallecido, hacía dieciocho meses de aquello. Los pequeños, nuestros hijos, tenían Luis cinco años y Mary tres. Echaban de menos a su madre como es normal pero yo siempre les contaba historias que les decía que su madre me mandaba desde el cielo.

     Lo que os voy a contar en este escrito es lo que cambió la forma en la que vivía mi vida, mi realidad pasaría a distorsionarse y a entender más cosas de las que antes no era consciente. Era un día de invierno, el frío hacía que por las noches lo único que apeteciera fuera estar en la cama, descansando como un oso, esperando a que llegara la primavera para volver a la vida.

     Me quedé dormido y una sensación de frío mezclada con la de no estar sólo en la habitación me dejó inmóvil. De pronto una sombra, una mujer distorsionada con cabello negro y piel pálida, supe enseguida que era familiar. Pero sólo en el momento en el que sentí su contacto supe quien era, Amanda, mi Amanda, estaba allí conmigo. Mis ojos se inundaron en lágrimas. Con su contacto supe que estaba enfadada, quería que hiciera algo, que me moviera de la cama ya. Un cuadro se cayó y las puertas comenzaron a golpearse, una imagen vino a mi cabeza, “Los niños”, corrí a sus habitaciones pero estaban vacías, no estaban. La puerta de la calle se cerró por un golpe de viento, supe que tenía que ir fuera. Al salir una imagen en el porche de la casa, mis dos pequeños estaban muertos en el suelo. Me caí derrumbado, todo mi mundo se acababa de morir.

     Segundos más tarde tras cerrar los ojos, volvía a estar en mi cama y sin rastro de Amanda. -¿Qué coño...?- No entiendo nada, me levanto corriendo para ver a mis hijos como si no hubiera un mañana. Al llegar, allí están, los dos, durmiendo como dos angelitos. Un suspiro se escapa de mis pulmones y me vuelvo a la cama. Sólo ha sido una pesadilla. Me vuelvo a quedar dormido y al rato (o lo que para mí fue un rato) me vuelvo a despertar, Amanda, otra vez, a mi lado queriendo decirme que me levante, que corra, que es el momento. Sin pensarlo me voy corriendo a las habitaciones y una vez más los peques están durmiendo. Al darme la vuelta, sin rastro de Amanda, me vuelvo a la cama y me quedo dormido. Una vez más me vuelvo a despertar y otra vez todo volando y golpeándose, no puede ser. Vuelvo a las habitaciones y mis hijos no están, corro a la puerta de la calle y ahí están. Una vez más los dos muertos.

     Otra vez, cierro los ojos y al abrirlos vuelvo a estar en mi cama. Sigo sin entender nada pero esta vez el cabreado soy yo. Puedo ver a Amanda y le comienzo a gritar -¡Avísame antes!- Ni siquiera sé porque lo digo pero así salió. Amanda me toca y me transmite paz, como solo ella sabía hacerlo. Puedo sentir como se acuesta a mi lado y se mantiene tocándome, invitándome a dormirme y que ella me despertará, esta vez saldrá bien. Sigo su consejo y me quedo dormido, al rato una vez más vuelvo a sentir su contacto, esta vez en repetidas veces y apuradas, me levanto corriendo pero esta vez no voy a las habitaciones, voy directo a la puerta de la calle. Allí está, el cabrón que los quiere matar, el vecino de la casa de enfrente. Los lleva de la mano por el jardín. Salto encima del y comienzo a golpearle. Puedo sentir como mis hijos comienzan a llorar, pero están a salvo. Yo sigo encima del golpeando su cabeza con mis puños. Su cara bañada en sangre es casi irreconocible. Me levanto y veo en el suelo una pistola, la cojo y le apunto en la cabeza. Mi deseo está claro, pero los vecinos se han acercado y me piden que no lo haga. Hasta el lugar ha llegado también la policía (A día de hoy, aún no se como llegaron tan pronto). Por mi cabeza pasan dos opciones, la primera matarlo e irme a la cárcel lo que conllevaría perderme ver crecer a mis hijos. Por otro lado, bajar el arma y dejar que pase una temporada en la cárcel. Mis hijos crecerían a mi lado y podrían defenderse por si solos en un futuro. Una vez más siento a Amanda, mi Amanda, su contacto me da paz. Tiro el arma y corro a mis hijos, mientras uno de los policías me dice -Bien hecho Matt, bien hecho...-

     El tiempo pasó y mis hijos crecieron, Amanda nunca más volvió a tocarme ni a hacer nada, salvo algún cuadro movido y poco más. Quizás sea su forma de decirme que todo está bien y que está orgullosa de mí. Por lo menos eso es lo que me ha hecho seguir luchando día a día y no rendirme.

     Me hice viejo y mis hijos mayores. Se convirtieron en unos gilipollas. Hipócritas, desalmados, han tenido una educación exquisita, se han hecho dueños de importantes empresas. Se convirtieron en gente importante pero vacíos por dentro. Siempre me reprocharon mi actitud con el vecino y me culparon de la muerte de su madre, nunca les conté lo que pasó. Me han dejado completamente sólo y sin ninguna ayuda, salvo la de mi pensión de 500€. Como decía al principio del texto, estoy cansado y no puedo más, he hecho la pregunta en alto -No puedo más Amanda, he decidido irme de aquí y donar esta casa para hacer un colegio. ¿Tú crees que es lo correcto? La respuesta fue sentir una vez más, quizás la última vez, la paz que sólo ella me sabe transmitir. La decisión ya está tomada y mañana empezarán con las obras. No sé si Amanda se vendrá conmigo o se quedará atrapada en este lugar, pero si me ha dado su consentimiento es porque estará bien hecho una vez más. Mis hijos se que no me echarán de menos y yo no sé cuanto más tiempo viviré, lo que si sé, es que lo viviré completamente libre y orgulloso de mis actos.


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"Marmotas en el tiempo" by Alberto Leiva Pallarés is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
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*Comentario del escritor:

     Primer relato del 2016, tenía muchas ganas de contar esta historia.


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