Todo final tiene un comienzo
Alberto Leiva Pallarés



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Relatos cortos


"Filtro sin filtro"

   El día estaba caluroso y Martha está en la mecedora del porche de su casa, esperando con nervios y ganas al hijo pequeño de los Montepío. El joven estuvo tonteando con ella desde hace un tiempo, aprovechando que el “bueno de Joe” está fuera de casa casi todo el día trabajando en las fincas de algodón de sus padres. Martha llevada por la rutina, por la ausencia de un marido que aunque le daba todo y se moría por ella, no acababa de llenarle como lo hacía antes. Llevan juntos desde que eran adolescentes y lo que antes fue un incendio incontrolable poco a poco se fue consumiendo, por lo menos para Martha.

     A lo lejos contempla la moto del hijo pequeño de los montepío, una triumph que le compró su padre al cumplir los diecinueve. Martha se retuerce en ganas con cierto temblor de piernas al verlo llegar. Sabe que tienen toda la tarde para estar juntos, Joe no llegará hasta que se vaya el sol. El joven corrió hacia ella y la levanto en aire, mientras Martha se agarraba con sus piernas a su cintura. Entraron y subieron las escaleras agarrados como presa y cazador.

     Ya en la habitación Martha deja caer su vestido deslizándose lentamente por su cuerpo con tanta delicadeza y suavidad que consigue erizar los pelos de su cuerpo que va rozando, haciendo que las ganas de abalanzarse sobre el muchacho sean inaguantables.

     El tiempo se les va de las manos, entre fuerza, ganas e insaciabilidad. Empapados en sexo salvaje a escondidas de Joe que sin que se dieran cuenta acababa de abrir la puerta de la habitación. Martha sintió como la corrida del joven de los Montepío empapaba su interior, en ese momento su vagina se cerró por el susto, el miedo y la angustia de ver a Joe, atrapando la polla de del muchacho en su interior que deja escapar de sus labios un “Buen rodeo Martha, buen rodeo”.

     En ese preciso momento de ver la cara de Joe y ver como se le rompe el corazón en mil pedazos. Corazón que le acariciaba el alma por las noches y la cuidaba para que no le faltara nada aunque llegara con la espalda muerta cada día. Las lágrimas, los llantos sin poder sacar voz, muda de vida al verla marchar por la puerta. Sabe que no podrá hacer nada por recuperar su vida, la vida por la que hace años habría luchado contra los mismísimos dioses si hiciera falta.

     Reza y suplica porque la vieja camioneta de Joe no arranque pero no tiene esa suerte, escucha como arranca y se va, cuando consigue deshacerse del pequeño de los montepío de su interior sale corriendo completamente desnuda confiando en llegar a la puerta y que esté Joe para poder pedirle perdón. Pero la realidad es otra distinta, Martha se muere por dentro al contemplar el vacío en la entrada, no hay rastro de Joe ni de la camioneta.


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*Comentario del escritor:

     Por fin me he decidido a escribir el último relato de los tres que componen esta saga. Quizás la historia más triste de las tres.


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