Todo final tiene un comienzo
Alberto Leiva Pallarés



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Relatos cortos


"Días grises, días felices"

   El próximo pueblo está lo suficientemente cerca como para tomar el siguiente desvío. Sería incapaz de decir con precisión cuanto hace que no paro por completo a Lucy, mi pequeña Harley del 69. Los recuerdos, los momentos, todas las cosas que me hicieron dejar todo atrás. Comenzar una nueva vida sin destino, un poco de aquí y de allí, apartado de todo lo que fui anteriormente.

     Lucy lleva tiempo diciéndome que tiene sed, espero que en este pueblo haya una gasolinera. Al llegar me llevo la sorpresa, un par de casas un bar y poco más. Aparco a Lucy y me voy al bar. Para colmo comenzó a llover y está anocheciendo. Me siento en una de las mesas paralelas a la barra y pegada al cristal. Al rato llega una alegre y más que sonriente camarera, le pido un café y observo el local, cinco señores mayores son la única clientela en este momento. Uno de ellos parece enfurecido por algo que decido no querer escuchar, no me interesan sus problemas.

     -Aquí tienes, espero que te guste.

     Tras guiñarme un ojo y marcharse de un respingo me dispongo a echar un trago al café hasta que al tocar la taza casi me plantan fuego los dedos, me toca esperar. De pronto la lluvia se vuelve más intensa, hasta convertir la calle en niebla de agua, apenas se ve nada. Los señores comienzan a alborotarse con el acontecimiento, casualmente querían marcharse todos a su casa.

     Miro a la camarera, una chica de pelo rojizo y ojos marrones, cuerpo más que apetecible e interesante. Ella también me estaba mirando, me dedicó otra sonrisa y otro guiño. Como broma del destino, un apagón en ese mismo momento, los ancianos volvieron a alborotarse mientras la lluvia se volvía más intensa y la camarera volvía a mirarme pero dispuesta a decirme algo.

     -Parece que llegaste justo en el momento para no mojarte y pedir el café.

     Se rió y le devolví el gesto, parece simpática. Se va hacia una escalera que está pegada a la barra y comienza a gritar por “Mónica” que suba. Ella le responde que no puede, que le da miedo. Me hago el loco pero no da resultado, se acerca a mí y me dice si puedo ir a buscarla. No me queda otra, me levanto y con una linterna me voy al rescate de Mónica. Sólo tuve que bajar un piso y allí estaba pegada a la pared y temblando. Se agarró a mí como la cría de un mono y la subí al piso superior. Allí estaba la camarera riéndose una vez más. Comenzaron a hablar entre ellas mientras yo me fui a por mi café, lo único que me apetecía ahora mismo era terminarlo y marcharme. Los señores ya se han marchado, quedo yo y las chicas, joder, cuando más quieres tranquilidad es peor.

     El bar está completamente a oscuras, en la calle lo mismo, ya es noche y no hay luna, además sigue lloviendo como si no hubiera un mañana. Mónica coge un paraguas y se dispone a marcharse, al parecer ha terminado su turno. Abre la puerta y se despide de la camarera, además de darme las gracias por haberla rescatado. La camarera, mi camarera se sienta en mi mesa, coge mi café y da un trago.

     -Perdona, espero que no te importe, sin luz no puedo prepararme uno y me apetece, ha sido un día largo.

     -No pasa nada.

     -No eres de muchas palabras, que pasa ¿eres un motero solitario de esos que va de pueblo en pueblo?

     -Solo soy un tipo que no le apetece conocer a nadie.

     -Ya estamos, voy de negro y con mi moto me voy a donde quiero. Bla bla bla. ¿Cómo te llamas?

     -¿Por qué debería decirte mi nombre?

     -Porque sino estarías siendo un maleducado al saber el mío, me llamo Carla.

     -Me llamo Luis.

     -¿Y que te trae por aquí Luis?

     -Nada que te importe.

     -Ya estamos, uhhh que mal me trató la vida, que malo soy... ¿Sabes cuantos como tú pasan por aquí al día?

     -¿Debería importarme lo que tú pienses?

     -Si no quisieras hablar conmigo ya te habrías bebido el café y te habrías marchado.

     -Tienes razón.

     Termino mi café de un trago mientras la miro fijamente. Me levanto y me voy hacia la puerta.

     -¿En serio te vas a ir? ¿Con la que está cayendo?

     -Con tal de no hablar más contigo me largo.

     -A mí me encantaría correr bajo la lluvia, mira como cae, sería genial, ¿te animas?

     -Si, pero yo me voy en moto, tú haz lo que te de la gana.

     -¿Me llevas contigo?

     Mi cabeza se va hacia ella y mis ojos se quedan clavados en los suyos, justo en el momento en el que un cuerpo venía volando hacia la puerta del bar. El cuerpo de Mónica, destrozado y completamente desgarrado.

     -¿Pero que cojones...?

     -¡AAAAAHHHHHH! ¡NOOOOOO! ¡MÓNICAAAA!

     Un rugido de animal se puede escuchar a lo largo de la calle, no tengo ni puta idea de lo que está pasando se acaba de descontrolar la realidad. Carla está gritando y llorando descontrolada, sin duda prefería su risa y su descaro. Al fondo de la calle tras un relámpago que la iluminó fugazmente puedo ver a un hombre de más de dos metros de alto con gabardina y pelo largo, sus ojos brillan como dos luces. Agarro a Carla y me la llevo al sótano, sin saber muy bien porqué pero fue lo primero que se me ocurrió.

     -¡Cállate!, no podemos hacer nada, ya está muerta.

     -¡TENEMOS QUE IRNOS! ¡NO PODEMOS QUEDARNOS AQUÍ! ¡HA VUELTO!

     -¿Quién ha vuelto?

     -El destripador...

     -¿Quién coño es el destripador?

     -La muerte.

     Un escalofrío recorre mi cuerpo al escuchar su voz cargada al máximo de miedo y terror.

     -¿Estás de coña?

     -Ojalá... Tenemos que irnos ya...

     -Está bien, subamos, a Lucy le queda un poco de gasolina para largarnos de aquí.

     -Espera, aquí hay un poco.

     Se va a las estanterías del fondo y coge un pequeño bidón. En su interior un poco de gasolina, perfecto. Subimos con el máximo silencio que permiten mis botas y sus tacones extralargos. Al llegar arriba, veo el cuerpo de Mónica, la lluvia parece que ha parado y el tipo parece que ya no está, por lo menos a simple vista. Salimos a toda prisa, a Carla se le rompe un tacón pero tiro de ella lo suficientemente fuerte como para que no se coma el suelo con sus preciosos labios color rojo. Echo la gasolina, arranco a Lucy y nos largamos, en los retrovisores una visión que se hace cada vez más pequeña. El destripador, de pie, mirando hacia nosotros, acelero al máximo y nos largamos del pueblo.


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*Comentario del escritor:

     Último relato escrito para 2015, esto surgió de un día de lluvia atrapado en una cafetería. Me apeteció contar esta historia que rondó mi cabeza. La camarera era muy simpática y se merecía estar en el relato. Aunque empieza siendo un relato, en algún momento de mi vida todos estos relatos tomarán forma y se convertirán en libros.


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