Todo empezó con un «hola», pero no era un saludo cualquiera, los dos sabíamos que acababa de pasar algo más. La culpa fue de sus ojos y su forma de mirarme, sin prejuicios, sin expectativas, sin barreras. Una puerta se acababa de abrir y tras ella la sonrisa más bella. Me cogió de la mano y me dijo «Ven, pasa, quédate conmigo y acompáñame en este viaje». No lo dudé y me dejé llevar.

En ese momento me invadió la sensación de estar en casa, de sentirme en paz y en equilibrio con el universo. Quizás el silencio que acompañó cada paso desde entonces fue la melodía más bella, esa que consigue que cierres los ojos y que sonrías mientras el resto de los músculos de tu cuerpo se relajan. Entonces tienes esa sensación de conocer a esa persona, de saber que es ella, que la estabas buscando desde hace tanto tiempo que ya ni recuerdas cuando empezaste, que muchas han pasado a lo largo de tu vida pero que esa es, que la conoces desde siempre pero que no sabes quien es y lo único que sabes con certeza, es que es ella, que es tu todo, tu paz, tu equilibrio, tu silencio y tus gritos. En definitiva, sabes que es tu hogar y que no quieres separarte nunca más. Y son sus ojos una vez más, y su forma de mirar, esa que te dice que siente exactamente lo mismo. Está vez no quieres correr, no quieres mirar atrás porque lo único que te importa lo tienes delante. Sientes que la vida te sonríe y así es, porque la vida es aprender a valorar los pequeños momentos y a las personas que realmente merecen la pena. De algún modo sabes que es tu momento y que todo lo que te ha llevado a él ha sido un aprendizaje.