Le buscaba en cada rostro que pasaba por su lado, con la esperanza de volverle a ver. El culpable que detuvo el tiempo y le regaló cada suspiro. Soñaba con rozarle una vez más, con robarle un beso que declarara una guerra de pasión y caricias.

Aquel que siempre tenía una sonrisa, un abrazo y un «no te preocupes, ya verás que todo sale bien». Ojos brillantes que reflejaban lo guapa que estaba, o por lo menos eso era lo que decía él. Atrás quedaron los sueños por cumplir, los atardeceres paseando por la playa, cogidos de la mano, felices… La vida a veces se vuelve demasiado afilada, dispuesta a clavarse donde más duele. Maldice por el tiempo perdido y por los enfados sin sentido, que casi siempre eran por estupideces. Sentada en la arena, con sus pies descalzos, recordando cada momento de felicidad, esos que ya no volverán. Una suave brisa le devuelve su olor, haciendo que se enciendan las alarmas. Con la vista borrosa por las lágrimas y a contra luz, una sombra que acelera su pulso. Allí estaba él, con su sonrisa y sus ganas de vivir, aquellas que le arrebataron una fría noche de invierno.