Hace ya algún tiempo de aquel amor de primavera, donde florecían las ganas entre miradas de complicidad y sonrisas nerviosas. Los dos se esperaban cada noche para acariciarse con palabras que susurraban con los dedos. Eran como el libro que lees despacio porque no quieres que se acabe por nada en el mundo. Se cuidaban el uno al otro entre algodones, con cuidado para que ninguno se hiciera daño. Eran el sueño del amor, se conocían desde hace tiempo pero se acababan de encontrar. Ausentes de la vida que les rodeaba, encerrados en su burbuja, creando magia donde antes no había ni esperanza.

Él tenía 28 motivos por los que demostrarle en cada beso que ella era el amor de su vida. Ella tenía casi los mismos para demostrarle en cada caricia que se quedaría a su lado toda la vida. Dejaron atrás las barreras y los miedos y se rindieron en una guerra de besos. Nada ni nadie podía detenerlos, recorrieron cada pueblo y ciudad haciéndolos suyos, dejando huellas en forma de recuerdos. 

Su amor era fuerte y sincero, de esos que sonríes cuando lo ves, de esos que se sueñan. 

Desde entonces han crecido y vivido como si no hubiera pasado el tiempo, como si cada día fuera su primer día, descubriéndose, cuidándose, deseándose y respetándose. Construyendo el mañana en el hoy con los cimientos del ayer, sabiendo que donde realmente se late, es en el ahora. Y eso, es lo más importante.